domingo, 23 de febrero de 2025

PARTHENOPE

Dir.: Paolo Sorrentino
2024
136 min.

Arranca con la belleza típica de las películas de Sorrentino. El primer plano de hecho es una imagen que me encanta: de la niebla acerćandose a la costa, una enorme y barroca carroza emerge flotando en una nave acompañada de un magnate gordo y presuntuoso. Lo cierto es que rápidamente la película se convierte en una pura adoración a su actriz principal: Celeste Dalla Porta. Es guapísima, es cierto. Las escenas en las que rebosa juventud luce un rostro, unos labios que generan un tipo de sensualidad como el de Sue en “La sustancia (2024)”. Por supuesto con una elegancia que aquella película no tenía.

Puedo entender que esta primera parte trate de mostrarnos lo bellísima que ella es en su juventud. Pero toda la mirada busca exprimir tanto la belleza y con tan poca sutilidad que la estética resultante es casi de anuncio. El uso de la cámara lenta a veces me resulta hasta bochornoso. Tampoco es lo más bonito que ella emerja de las aguas mediterráneas con el maquillaje impecable. Creo que en la parte final, cuando se debería recoger todo esto tampoco se llega a sitios interesantes. De hecho me parece que la película se descalabra un poco. Me suena a un señor mayor diciendo a los jóvenes que aprovechen mientras puedan, que ya tendrán tiempo de convertirse en gente seria más adelante.

Todo lo que tiene que ver con la subtrama de convertirse en una actriz no me interesa demasiado. En particular el discurso que esa vieja gloria decadente ofrece delante de los habitantes de Nápoles. Puedo entender que para alguien de esa región escuchar esas palabras pueda servirles para generar una identidad, pero a mí es algo que narrativamente me da igual y en contenido me resulta demasiado ajeno. Además este negociado de convertirse en una diva tiene la rara escena de la ducha. Un momento en el que se genera un erotismo cuyo grado de ironía es difícil de calibrar: las siluetas de dos mujeres se dan un beso lésbico que tampoco entendemos del todo. Por el vapor de la ducha, por la belleza de la joven y por la promesa de la fealdad de la mayor podemos pensar de nuevo en el dúo de protagonistas de “La sustancia”.

Las fiestas sí me gustan bastante. Más la primera, que desencadenará el suicidio de su hermano, que la segunda, con el extraño encuentro con el cura. Me gusta mucho cómo ella se pasea por esos jardines llenos de gente rica, una jardín de las vanidades como el que se evocaba en “La gran belleza (2013)”, por transitividad la referencia es “La dolce vita (1960)”. Me encanta cómo las parejas de gente vestida con alta costura están casi tirados por las esquinas. Esos abrazos que deambulan por esos mármoles. Hay algún momento hasta onírico casi: ese hombre joven trajeado, repeinado moviéndose por las estancias repitiendo: mamá, mamá, mamá… Hay un letargo en estas escenas que me recuerda a los pesados paseos de “El año pasado en Merienbad (1961)”.

Hay muchas cosas que se introducen sin saber muy bien a dónde vamos con ellas. Mi favorita es el tema del incesto. Me gusta que se sugiera una especie de amor platónico, que no va a ningún sitio. Se explica con poca profundidad. Se roza con la suficiente cercanía como para que no quepa lugar a dudas. Y encima se resuelve de forma trágica por lo que es ineludible.

En la segunda mitad se entretiene con el desagradable cura, deseoso por recibir las miradas de la gente cuando le piden un milagro a San Genaro en una escena que nos hace pensar en la iglesia de “Las noches de Cabiria (1957)”. Creo que lo peor de este juego sexual es que parece que Parthenope nunca actúa por deseo propio. Casi parece que los hombres se rinden a sus pies y que ella es casi una deidad que arbitrariamente decide a quién le concede su favor y a quién no. Un retrato totalmente despersonalizador. El escalabre total de la película llegará cuando aparezca el bebé amorfo. Aquí podemos ponernos a enumerar una ristra de monstruos con los que A24 acostumbra a cerrar sus películas.

El problema no solo es que la película se vaya de madre. Es que además las frases están todas escritas de una manera muy cargante. Se dice alguna vez que a Parthenope le gusta mucho tener siempre la respuesta precisa; como en las películas antiguas. Y es cierto que muchos diálogos parecen sacados de películas de los años 50. Lo entiendo como decisión estilística y me parece bien. Pero si la historia me la estás contando a través de ellos y no tiene un fuste propio se me desmonta todo. Casi peor que el bebé me parece la despedida de ese novio de juventud. Es una despedida que se toma en serio a sí misma. Se da mucha importancia sin que todo sea lo suficientemente rimbombante como para poder verla con ojos irónicos.

Me gusta mucho la secuencia de la mafia. Es cierto que no soporto mucho el arranque porque nace de una conversación con un desconocido, que ningún humano le dedicaría la más mínima atención. Es todo muy artificial. Pero cuando llegamos vemos unos bajos fondos con una serie de estampas que me encanta. Un paseo por esas calles sin apenas diálogos. Viendo las condiciones de vida de esas familias… Eso me gusta mucho. Me gusta incluso la sordidez con la que se graba la violación consentida necesaria para que dos familias de la mafia napolitana se unan. Hay un contancto visual entre las dos mujeres que, en cualquier otra película que tuviera una mirada menos masculina, resultaría reivindicativa; un canto a la sororidad. Tiene el mismo tono que ese roce de dedos en “Nunca, casi nunca, a veces, siempre (2020)”.

Musicalmente tampoco creo que esté particularmente acertada. Se usan mucho unas trompetas de notas sostenidas que parecen querer darle un ambiente etéreo a unas escenas cuyos textos no las permiten volar de ninguna de las maneras. Sí me gusta cuando suena ida de madre la canción italiana mientras Parthenope se enreda con su hermano y su amante. Pero cuando vuelva a aparecer esta canción casi al final de la película la banda sonora hace un fundido que parece salido del peor telefilme.


viernes, 22 de noviembre de 2024

FLOW

Dir.: Gints Zilbalodis
2024
83 min.

A no ser que se empatice con nuestro protagonista la película es una gozada. En caso contrario es un conjunto de penurias que tanto detesto. El tratamiento de los personajes se mantiene en una personificación algo leve. Sin duda no dotarles de lenguaje nos ayuda mucho a mantener una cierta distancia. Gracias a ello podemos soportar las relaciones de abuso interespecie que enfrentan a las aves zancudas o a los perros contra el gato protagonista. Es admirable que se consiga esta distancia a la vez que muestran habilidades tales como el manejo del timón de un barco. Hábilmente el guion se ocupa de que nunca enfrenten problemas que quedarían resueltos si tuvieran la precisión motora de un humano.

En cuanto al argumento me gusta que se nos plantee como objetivo unas altísimas columnas; casi celestiales. Tenemos claro que ahí queremos llegar, no sabemos muy bien por qué, pero tampoco es relevante. Estamos en un mundo asolado por las aguas, vayamos ahí. Se vuelve incluso un objetivo imperativo si pensamos en la querencia de los gatos a subir a sitios altos. Una vez que hemos llegado ahí y el ave patilarga ha ascendido a una suerte de plano trascendental a través de las auroras boreales nos quedamos sin una dirección a la que ir. Los pocos minutos desde aquí hasta que acabe, me pierden bastante. Incluso tenemos un momento en el que los animales deben trabajar en equipo para salvar a los perros y al capibara. Un conflicto que me parece fuera de la tónica de la película y que se resuelve con el único objetivo de pintar a los perros como una especie egoísta. Un retrato que me parece algo difícil de compartir porque lo que les hace olvidarse de sus compañeros de viaje es la persecución de un conejo, es decir algo puramente instintivo. Entiendo que la película busca con este acto de abandono caracterizar a los perros porque ya muchas veces antes se los ha pintado como personajes negativos; pero, insisto, recurrir a un impulso que el espectador percibe como inapelablemente irracional me parece muy desconcertante.

Obviando estos detalles que, sin duda, un público infantil pasa por alto fascinado por el despliegue visual, la película es una gozada. La cámara nunca para: siempre se mueve con muchísima fluidez. Aunque sea un tópico decirlo, los larguísimos planos pasan desapercibidos. Los contraplanos siempre aparecen con un giro de cámara. Esta suavidad al moverse dota a todas las escenas de gran calma. Incluso los momentos más violentos, en los que el ave queda con un ala malherida, no permiten que se tense la escena. El animal protagonista puede sentir miedo, como se espera de un gato, pero ni la música ni la cinemática se esfuerza en que los espectadores humanos sintamos el miedo visceral de un animal.

Nunca se explica en qué tipo de mundo estamos. Entendemos que en una etapa de nuestra Tierra postantrópica. Esa falta de descripción le permite desplegar una serie de recursos como le dé la gana. No diré que una ciudad sumergida sea algo original, pero se permite jugar con ello de forma muy libre. La imagen que sí parece más inédita es la de un enorme cetáceo con apéndices de aspecto mesozoico saltando majestuoso entre las ruinas de una ciudad renacentista inundada. Esta libertad en el diseño de escenario le permite evocar un pasado majestuoso que desapareció; con colosales esculturas de gatos y de personas. Igualmente es indócil la premisa; y tan pronto se inunda el mundo como se disipan las aguas para devolvernos a la normalidad.

La imagen que se reproduce en el plano del gato flotando entre peces de colores es ciertamente bella. Su creador lo sabe y se apela a ella un par de veces. Claramente el valor estético es el motivo principal para mostrar estos bancos de peces. Pero a nivel de guión resuelve un asunto que, en otras historias, podría ser una complicación cuya resolución no suele ser estimulante de ver: el problema de la manutención. Aquí nuestros protagonistas nunca pasan hambre porque siempre tienen peces disponibles para comer. A los peces se los asume como totalmente inhumanos y así la cadena trófica no pone en jaque la positividad del protagonista.

El nivel de la animación es brutal. Hay algún momento en el que la lengua del golden retriever es más bidimensional de lo que debería. Pero la textura del agua es perfecta. La cinemática es perfecta. El movimiento de la vegetación al paso de los animales es perfecto. Se renuncia a la textura de pelo que tanto asombraba en “Monstruos, S.A. (2001)”. Así no hay que enfrentarse al desafío de cuán mojado está el pelaje a cada momento.


viernes, 11 de octubre de 2024

JOKER: FOLIE À DEUX

Dir.: Todd Phillips
2024
138 min.

Se dedica a desmontar cualquier interpretación que pudiera suscitar “Joker (2019)” del protagonista como una víctima del sistema. Desde muy al principio se nos dice que es una persona egocéntrica. Para desmontar cualquier rasgo de nobleza después el personaje enano que presenció el asesinato más brutal de la primera entrega le explica de qué manera esa situación le anuló vitalmente. Es decir: se enfoca el personaje del Joker hacia su entorno. Escuchamos a las personas a su alrededor, vemos cómo las acciones de uno tienen repercusiones en muchas más personas de las que incluye el relato que él mismo se repite, con las 6 víctimas mortales.

Sin embargo la película sí tiene algo bastante egocéntrico. Para empezar se apelas varias veces al momento del primer baile del Joker. Un momento muy disfrutable en la primera película. Aquí lo vemos reproducido varias veces de forma bastante artificial; sin construir una atmósfera que permita brillar a Joaquin Phoenix. En particular se repite varias veces la imagen que apareció en posters de la primera parte: su cara mirando hacia arriba, su barbilla bien perfilada y un cigarrillo vertical en su boca. Resulta algo vergonzante verlo porque, a pesar de toda la autoconscencia del protagonista, esto es algo que se dio en privado. No puede ser un elemento que a él le sirva para construirse su personaje antiheróico.

La decisión de que sea un musical tiene, a priori, algo divertido. La primera parte se ha reivindicado tanto por cierta mirada resentida como una muestra de los tiempos decadentes en los que vivimos, que un musical es una afrenta muy fuerte. Una reivindicación de lo jovial en el cine. Pero también es una excusa para que, sin buscar pretextos, se pueda poner a Joaquin Phoenix bailando. El baile de la escalera es la imagen más repetida de la película de 2019. Aquí tenemos todos los bailes que hagan falta.

Con respecto a las canciones que las acompañan… Creo que ninguna es particularmente brillante. Cuando se reivindica como Joker en una asimilación de su ficticio personaje la sala del juzgado cambia a una iluminación roja… Esto me gusta. Me gusta que se pierda la homogeneidad en iluminación y fotografía, que pierda su típico tono verdoso. No sé si todas las canciones son versiones de otras, pero me ha resultado sorprendente escuchar una versión de “Ne me quitte pas”.

El personaje de Lady Gaga resulta interesante en tanto que se explicita mucho las relaciones parasociales. Él es un personaje público y ella lo quiere por la relación con la parte que él proyecta. No le interesa que haya una persona debajo, le interesa, como se dice: la fantasía. Si bien esto puede ser lo normal para un famoso cualquiera, se vuelve perverso cuando este famoso puede acabar sufriendo la pena capital. De hecho esto simplemente agrava la situación, porque en el mejor de los casos ella está incentivando un trastorno psicológico.

A nivel de guión hay un momento extrañísimo. Ella por algún motivo logra entrar a la celda en el módulo de altísima seguridad en el que él habita. Tienen un hijo. Esto tiene cierta importancia para el desarrollo del Joker porque Arthur expresa que quiere herederos de su linaje. Pero tampoco es tan relevante por el último plano que vemos: a Arthur lo asesina un compañero en el psiquiátrico. Mientras él se desangra en el suelo podemos ver al psicópata al fondo que se rebana las comisuras de los labios. Resulta evidente que es para convertirse en el Joker que todos tenemos en el imaginario, quizás en el Joker de “El caballero oscuro (2008)”.

También por conveniencia de guión, los juzgados explotan. Si se nos ha convencido que la masa social que sigue a este personaje sólo está enamorada de la fantasía de liberación, ¿por qué, de repente, sí se comportan como terroristas dispuestos a pasar a la acción?

La interpretación de Phoenix es buena. Tiene algún momento en el que brilla. Por ejemplo en aquella entrevista en televisión. Según habla se le quiebra y le vuelve la voz. Me parece que es la maestría que podemos esperar de este actor. Pero en general no creo que se le permitan muchos momentos para lucirse. Cuando le vemos por primera vez se nos muestra su delgadísima espalda, toda tensa. Es imposible no acordarse de aquel plano en el que manipula sus zapatos descargando sobre ello toda su rabia. La gran particularidad de este personaje era su risa: el hecho de que fuera incontenible, estridente y espontánea. Me resulta indeleble el rostro de Phoenix riendo y adquiriendo un rictus pesado con tan solo un par de fotogramas. De esto último, que vimos en la primera, no tenemos nada.


L’AMOUR FOU

Dir.: Jacques Rivette
1969
255 min.

Extenuante. Hay muchísimo diálogo que reproduce el texto de la obra de teatro que están ensayando. El momento en el que he decidido dejar de leer los subtítulos mientras estuvieran leyendo el guión ha sido un descanso total. Estas frases son un ruido a veces de fondo mientras el protagonista luchas con sus pensamientos interiores. Nunca se dirá nada de Pirro y compañía relevante para la película. Supongo que así empatizamos con la sensación de estar perdiendo el tiempo.

La mujer en casa volviéndose loca me hace pensar, aunque sea una película muy distinta, en “Repulsión (1965)”. Vemos la relación de pareja como una experiencia tortuosa. Que ocasionalmente puede ser lúdica. En un punto de la película muy avanzado, en el que mi aguante ya estaba diezmado, la pareja se encierra en casa y destrozan su piso entre carcajadas. Una forma de olvidarse del mundo y de entregarse al disfrute de la pareja. Cada vez que se hace una elipsis es porque van a desvestirse para acostarse.

Pero este entregarse al disfrute parece un oasis en el letargo de celos, rechazo, incomunicación, amenazas… Ella repite de cuando en cuando que se va a ir de casa, una decisión que habría estado totalmente justificada. Incluso a él le convenía dejar a una pareja que le apunta con una pistola o que juega con un clavo cerca de su ojo mientras duerme. Él le es infiel con la misma actriz que sustituye a ella en la obra de teatro: una guapísima Josée Destoop. Como respuesta, ella empieza a llamar a todos los amigos a los que hace tiempo que no ve, buscando a quien tenga un rato libre para echar un polvo. Lo cierto es que el tipo al que finalmente encuentra solo nos genera rechazo, pero no más que el que le genera a ella.

Los ensayos los graba un equipo que realiza un documental acerca del montaje teatral. Las declaraciones del director a cámara me hacen pensar en “La noche americana (1973)”. Las grabaciones que realiza este equipo a veces se cuelan en el montaje. Entonces el sonido es más ruidoso y la imagen pierde contraste, se vuelve más gris. La fotografía de estos planos me recordaba a la de “Sombras (1959)”. Es curioso el complemento perenne del director teatral: cuidadosamente se cuelga unas gafas de las orejas, con los cristales apuntando hacia el suelo y pegados a su barbilla. Nunca las usará para mirar nada a través de ellas.

Todo el mundo fuma una barbaridad. No es que lo hagan compulsivamente. Más bien es algo mecánico, por tener las manos ocupadas. El protagonista además apura los cigarrillos hasta que debe sujetarlos con cuidado para no quemarse. Cada vez que vemos la mesa en la que ensayan está repleta de botellas de Coca-Cola vacías. En un momento dado se usan estas botellas de para emitir ruidos entre frase y frase de la obra de teatro. Esta idea alcanza su culminación en el ensayo general. Ahí hay alguien en un rincón del escenario encargado de toda una serie de instrumentos de percusión con los que generar una atmósfera etérea y algo pretenciosa.

El momento exacto en el que se cortan las escenas muchas veces parece arbitrario. Algo marca de la casa en la Nouvelle vague. Pero en este caso adquiere un cariz muy radical porque cada nueva escena cae como la confirmación de que todavía no podemos abandonar la sala. Se usan carteles de fondo negro en el que se nos indica qué día es. Un dato que nos da igual. Pero si hay un nuevo día, nos quedan unas cuantas escenas más. No sabemos qué hechos son determinantes para la relación. Una tentativa de suicidio se resuelve como si fuera un episodio más de su vida conyugal. Eso hace que estemos perdido en la progresión de la trama. Podemos sospechar que el final de la película llegará (o no) con la ruptura de la pareja. Pero nos es imposible saber cuándo se precipitarán estos acontecimientos. Solo avanzamos por escenas y más escenas.


viernes, 4 de octubre de 2024

MEGALÓPOLIS

Dir.: Francis Ford Coppola
2024
138 min.

Es agotadora. Es un cúmulo de cosas. Eso da una sensación deslavazada. Pero además de eso tiene una estética muy fuerte estéticamente: unos colores dorados muy cansados y, quizás lo más fatigoso, el frenético montaje. Los cortes dentro de las escenas son rápidos, pero además hay escenas que se despachan con una duración arbitraria. Incluso en algún momento se rompe el eje de la cámara.

No hay un esfuerzo por hacer que las escenas por ordenador luzcan realistas. Hay una subida por un ascensor en la fachada de un edificio con un croma lamentable y con una iluminación terrorífica. Hay muchas escenas con luz de contra. Una iluminación que recuerda a la que tenían en “Barbie (2023)”. Ocurre que la película no es tan irreal como “Sin City (2005)”. No tiene esos filtros que amalgamen imagen real y por ordenador.

El paralelismo entre la Roma imperial y Estados Unidos es imposible de aceptar. Por ejemplo el discurso de la decadencia moral aparte de sonar manido, no parece que pronostique ninguna caída de ninguna época cuando el desenfreno que aquí se muestra remite a las orgías del Hollywood de hace más de un siglo que retrata “Babylon (2022)”. Establecer el vínculo entra ambas películas es muy inmediato aunque solo sea por los mismos colores dorados. Un poco en la misma línea de querer hacer películas epatantes podemos señalar las recientes entregas de Mad Max, especialmente “Mad Max: Furia en la carretera (2015)”.

El personaje de Adam Driver como utopista tecnológico nos puede recordar a Elon Musk. Su megalomanía es ciertamente difícil de percibir. Más que alguien con un proyecto gigantesco, parece una especie de mago. Alguien que ha accedido a una tecnología infinitamente superior. Esta idea está planteada con mucha inconcreción. Ha creado algo que para el tiempo, pero que controla el espacio… No hay Dios que lo entienda. Por ello digo que no parece tanto alguien que luche por conseguir sus objetivos. Nunca tenemos esa sensación de “Fitzcarraldo (1982)”.

En aquella película se enfrentaba violentamente la burla de alguien con grandes pulsiones de grandeza contra el hecho de que la producción cinematográfica de Herzog tenía que llevar a cabo los delirios de su protagonista para que se pudiera recrear ante la cámara. Pero esta película tiene tanto croma, es todo tan falso. Lo percibimos todo tan de plató, que esa grandeza no termina de epatar. Me refiero a la producción, porque la obra en sí misma sí tiene esta vocación de ir embalada y sin frenos. Una aceptación de cualquier idea o recurso que a Coppola se le haya ocurrido. Imagen partida, entiendo que con intención de ser proyectada en tres pantallas al estilo de Abel Gance en “Napoleón (1927)”. Pero, insisto, utilizada con una arbitrariedad pasmosa.

Del mismo modo que la famosa escena de Adam Driver hablando con una persona que se dirige a la pantalla. Obviamente en el pase al que yo asistí no hubo nadie leyendo ese texto. Pero si ese actor debe decir las palabras a las cuales contesta Adam Driver, es una propuesta formal radical al servicio de la nada más absoluta. El cuadro, sin sentido, se vuelve pequeño. Quizás solo sea para que podamos reconocer más fácilmente que algo raro está pasando ahí. La escena que tanto boato arrastra es ¡una rueda de prensa! Este es el hecho extraordinario para el que Coppola ha necesitado reinventar el lenguaje audiovisual.

Hay una ligera sensación de “Fellini, ocho y medio”. Se ha hecho traer un poco de todo. Una estética que puede recordar a “El gran Gatsby”, pero un futurismo que no nos deja nunca reconocer cuán lejano pretende ser. Por supuesto que vengan los romanos. No sólo la parte cortesana en la que hay traiciones, seducciones y asesinatos. Que vengan los romanos con sus carreras de cuádrigas. Antes he mencionado que la película tiene aspecto de plató. Las carreras de caballos son reales, pero hay algo tan artificial en lo que vemos que a pesar de percibir el gasto en la producción, ello no se traduce en las grandísimas imágenes de “Ben-Hur (1959)”.

En esta parte del circo será donde ocurran las locuras que más me interesan. Hay un elemento extrañísimo: unos payasos saltimbanquis. Es un delirio absoluto. Asistimos a este grupo de personas nosotros, pero bien pudiera ser que no fueran diegéticos. Nadie interactúa con ellos, no se recoge nunca este elemento que acontece sobre un croma obsceno. La película en este segmento no se decide a representar un circo: se decide a coinvertirse en uno. Es que toda esta locura desenfrenada después no tendrá elementos estéticos con que rimar cuando la acción se traslade a la calle, al mundo real.

Puede que el paralelismo se me haya ocurrido solo por el protagonista. Pero he pensado en “Annette (2021)”. Hay un gusto por explicitar la narración. Su chófer de repente es una voz en off... También hay una asunción de su propia espectacularidad cuando Adan Driver empieza a drogarse. Se abraza la pantomima. Desata un histrionismo que me resulta muy divertido de ver. Parece que Coppola quería reproducir lo que vio en “Doctor Extraño (2016)” o, con mejor reputación “Todo a la vez en todas partes (2022)”. Aquí el montaje endiablado sí está al servicio de la situación. Nunca será algo pesadillesco como “Climax (2018)”. Por no abandonar a Leos Carax, podemos señalar su despliegue de elementos deslabazados en “Holy Motors (2012)”. Pero aquella película no trataba de contarnos una trama tan intermitente como los enredos palaciegos de esta. Pero por ejemplo me ha gustado cómo se decide que las estatuas que representan los grandes mitos de la antigüedad de esa civilización cobren vida. Con unos efectos correctos, pero sin que sean apabullantes, se muestran agotados.

Ese diálogo con el pasado es una constante. El protagonista obsesionado con alguien de su pasado cuando tiene todas sus esperanzas puestas en el futuro no es una idea particularmente original y tampoco se la explota muy bien. Él tiene visiones del pasado de su exmujer. Digamos que es una relación con el pasado como la que podrían tener los protagonistas de “Interstellar (2014)” u “Origen (2010)”. Se remata con una especie de canto de esperanza en los niños nuevos que nacen. Este es el final de la película y es un momento muy torpe. No hay nada interesante en ese discurso y la imagen de todos los protagonistas en picado sobre un suelo transparente es feísima. Entiendo que se abandone la película con la sensación de que se ha asistido a un despropósito.

Mencionemos algún elemento más que me ha gustado. Cuando caen unas bombas, creo que procedentes de un satélite soviético, se proyecta sobre los edificios las sombras de los ciudadanos aterrorizados. Unas sombras gigantes e imposibles.

También me ha gustado una mención en un titular de periódico a Hitchcock. Bastante cogido con pinzas. En un momento en el que un personaje resulta que recopila recortes de prensa oportunamente para que se facilite la narración. Aquí de nuevo el problema: ¿qué clase de futuro es este en el que la gente aún compra periódicos? A Hitchcock lo volveremos a recordar cuando una figura femenina aparezca como cabeza giratoria, remitiendo a “Vértigo (1958)” o, por buscar un referente femenino, “Carretera perdida (1997)”.


lunes, 9 de septiembre de 2024

LOS SANTOS INOCENTES

Dir.: Mario Camus
1984
103 min.

Desoladora. El sonido sucio de su banda sonora y la niebla que cubre el encinar casi nos hace pensar en la misma vida miserable que se refleja en “El caballo de Turín (2011)”. Las condiciones pésimas en las que viven podrían ser suficiente castigo. Pero lo que nos lleva los demonios, y desde luego es lo que mantiene nuestra conexión con la película, es el trato altivo y déspota de sus señoritos.

Son indelebles las escenas más humillantes. En particular aquella en la que Alfredo Landa se comporta como un perro arrastrándose por la tierra para satisfacer a su amo. Para recibir la aprobación de ese hombre que le somete. El desdén se magnifica al darnos cuenta de que la explotación de ese hombre, lo que le provoca una lesión en la pierna de por vida, no está enfocado a su explotación para el enriquecimiento de sus amos. Es todo tan frívolo que la obsesión del señorito Iván es la caza. No son sus negocios, es un simple pavoneo delante de los otros ricos.

Muy afilado es el momento en el que, tras haber visto la España más tradicionalista, con nobleza acompañada de su propio clérigo (gordo, por supuesto), tontear con un ministro que por ahí pasaba (imposible no recordar la película de tono radicalmente distinto “La escopeta nacional (1978)”), aún se atreve de mostrar a un burócrata francés lo muy avanzado que está el país. Para ello llama a tres sirvientes debidamente amaestrados y les hace escribir en un cuaderno sus nombres. Con este espectáculo degradante el señorito cree mostrar un imagen limpia de la servidumbre en el campo español.

La película busca ser hiriente con sus villanos y lo será continuamente. Pero nunca será algo soez. Quizás a quien peor trate la película será la señora marquesa. Ella que tiene esa altanería al saludar en el balcón, que al dirigirse a Régula (su queridísima sirvienta) pregunta con más interés por sus cerdos que por su familia. Me gusta mucho el contraste entre la alegría del servicio comiendo y cantando juntos celebrando la primera comunión del menor de la familia noble al contraponerla con el letargo que se vive dentro de la casa.

La cámara tiene muchos momentos de grandísima habilidad. Por ejemplo en la escena que acabo de mencionar, la silenciosa comida de los ricos, tiene una forma muy elegante de recorrer sus torsos. Su mayor esplendor es el famoso vuelo del cuervo desde el campanario hasta el hombro de Francisco Rabal. Hay que reconocer que ese plano es mágico. Su hubiéramos leído ese fenómeno sobre el papel difícilmente se habría conseguido el efecto que produce ver en un único plano al animal obedecer de esa manera tan elegante a su amo. Entiendo que lo que ocurre ante la cámara no es milagroso, que simplemente se necesita un pájaro, un hombro y paciencia; pero el resultado es poderosísimo.

Me gusta que aunque se dibuje a un personaje tierno, no se haga la clase de construcción mágica al estilo de Víctor Erice. A Azarías le gusta cuidar de quien es más desfavorecido que él. Pero nunca se dota a la niña chica de conexiones trascendentes. Más que una conexión con los elementos más puros del alma se acerca más a una endemoniada con esos atronadores gritos con los que rompe la noche. Recordemos esa primera escena en la que ella se desgañita impidiendo cualquier tipo de intimidad a sus padres.

El rostro pesado de Terele Pávez interpretando a Régula es expresivo a más no poder. Trasmite una desidia total por la vida que les ha tocado vivir. Con sueños de una vida mejor para sus hijos. Qué terrible es ese momento en el que escucha todo lo que su señorito le manda y responde: para eso estamos. Esa es su repuesta para todo lo que le manden a ella, pero cuando se entera de que su hija no podrá ir a la escuela, adivina que no podrá salir de la miseria que ellos han vivido… Eso es terrible.

La inmoralidad de la alta clase quizás no provoca el escándalo que podría. Entiendo el contraste que se pretende señalar entre su compromiso con la imagen pública y a su vez tener toda clase de traiciones y de indecencias. Este lío de faldas ayuda a construir un personaje resentido que se dirige al servicio siempre con la fusta en mano. Por otro lado nos permite odiar con más fuerza al niño consentido, al señorito Iván. Pero tras haber visto “El desencanto (1976)” el pedestal de la nobleza ya está demasiado minado como para que lo de aquí tenga efecto.

Por reconocer el cortijo como una administración de la tierra tan netamente española uno se siente muy apelado por las imágenes que aquí vemos. Me resulta doloroso ver el país que éramos. Igualmente uno se pregunta por qué esta imaginería la tenemos tan asociada a lo rural de otra época. El mismo tipo de miseria absolutamente atrasada que veíamos en “Las Hurdes (Tierra sin pan) (1933)”. Es inevitable pensar qué clase de explotaciones no se darán hoy con los temporeros que tienen que convivir unos pocos meses con sus patrones.


sábado, 2 de marzo de 2024

QUE NADIE DUERMA

Dir.: Antonio Méndez Esparza
2023
122 min.

Me gusta lo obsesiva que es. Esa pesadez de la música de cuerda. Me gusta que enfatice mucho más cualquier anécdota que a la protagonista le resulta significativa que los elementos importantes de la trama. La trama principal me interesa relativamente poco y de hecho si tuviera más peso habría que sonrojarse ante la desvergüenza de la directora teatral que contrahace la vida de Lucía de una forma tan burda.

Lo que es una gozada absoluta son los diálogos. Son de una naturalidad arrolladora. Una charla tan vacía… Los personajes parecen tan perdidos en esos diálogos. Una sensación de no saber a dónde va ninguna de sus frases. Se interrumpen entre ellos. Consiguen situaciones de vergüenza ajena sin forzar nada, sin necesitar que los personajes sean risibles. Es una maravilla. Tan bien lo hace Malena Alterio que cuando conversa por primera vez con Rodrigo Poisón hay un abismo entre ambas interpretaciones. Si se nos dijera que sólo uno de los dos está actuando, sería evidente que ése es Rodrigo. Y me refiero aquí únicamente a su interpretación, porque toda la puesta en escena de este momento es maravillosa. Una forma de componer a ese personaje que la trata con gran insignificancia y ella disfrutando tanto de la vista que tiene delante a la vez que se muestra tremendamente torpe… Una delicia.

Como digo es muy llamativa esta primera escena de Rodrigo porque hasta entonces hemos tenido diálogos como el del primer taxi. Aquí la naturalidad de ambas es arrolladora. Es impresionante la verdad que desprende una actriz a la que solo vemos reflejada en el retrovisor de su taxi. Las conversaciones del taxi me gustan mucho. Me encanta su limitada conversación como podemos constatar cuando habla con una persona a la que le acaban de diagnosticar cáncer. La pobre utiliza los mayores desatinos imaginables: Los médicos se equivocan, esas cosas pasan.

Me enternece mucho su relación con su padre. Cómo se envuelve en ira cuando él se atreve a profanar los recuerdos idealizados que ella tiene de su madre. La forma de hablar de este hombre me recuerda a la de Tony Leblanc en “Torrente, el brazo tonto de la ley”. Los gritos a su padre son una exhibición interpretativa. Por desgracia esta conversación dará lugar a uno de los elementos que menos me gustan de la película. Su padre dice que su madre se suicidó porque no sabía vivir. Bueno, puede tener un pase como una frase cualquiera dentro de una conversación. Lo que me parece de una pretenciosidad terrible es cuando ella se pregunta a sí misma si sabe vivir. Es el tópico de tratar un tema trascendente con un lenguaje casi infantil… Me repele.

La relación con su padre termina con una muerte agónica pero brevísima. Esta decisión me gusta mucho. Me gusta que la trama se resuelva todo el rato a modo de postales. Incluso los asesinatos finales, que nos vamos viendo venir desde que se coloca los palillos del moño y que recuerdan a “Una joven prometedora (2020)”, no están rodados con una gran escena alrededor. La primera muerte sí tiene un contexto, pero al fin y al cabo es la culminación de la enfermiza obsesión que arranca la película; la segunda muerte sin embargo parece que está en la película como mero trámite burocrático.

Malena Alterio tiene momentos de absoluta simpleza. Esto hace que la diferencia de clase entre la productora teatral y ella sea mayor. Tenemos la absoluta paletada de tatuarse por un tipo al que vio un par de ocasiones. El hecho de que no sepa reconocer el aria más famosa del mundo y que base en ella toda su identidad. Me gusta mucho el último plano en el que ella canta con la boca muy abierta y totalmente silenciada por la música extradiegética.


PARTHENOPE

Dir.: Paolo Sorrentino 2024 136 min. Arranca con la be...