- Dir.: Carlos Saura
- 1974
- 102 min.
El inicio de la Guerra Civil dialoga con el presente. El presente de la película son los años finales del franquismo. Esta película es anterior a “Cría cuervos…”, pero el planteamiento es muy parecido.
Esta película tiene una trama principal que no me la creo en absoluto. Es producto únicamente de la nostalgia de tantos y tantos creadores que vivieron el franquismo. Me refiero a un niño que pasa los veranos en el pueblo de su familia. Ahí se enamora de su prima. Hasta aquí todo en orden. Pero la película pretende que nos creamos que 40 años después ambos primos continuarán enamorados. Es como si el autor creyera que el tiempo se detuvo con el franquismo y que se puede retomar donde se dejó como si no hubiera pasado el tiempo. Por supuesto José Luis López Vázquez ni siquiera tiene que seducir a su prima de nuevo.
Le bastará con ser el opuesto al marido de ella. Si el marido le es infiel, él le ha guardado fidelidad todas esas décadas. El marido piensa en invertir en casas y él es un tipo sencillo. Pasa por un zoquete y a la película no se le ocurre nada mejor que poner a López Vázquez como un editor de libros y el marido responde que prefiere la televisión porque se lo dan todo masticado. Es casi ridículo. Casi como lo es el día del alzamiento, que en la casa empiezan a tocar en el piano “Cara al sol”.
En el juego de contraponer pasado y presente el protagonista recuerda al padre de Angélica igual que el marido suyo actual. Esto es un acto patriarcal donde los haya. El padre antes y el marido ahora son su obstáculo para acceder a ella. Nunca tendrá mayor oposición para su relación. Por supuesto el padre tenía que ser franquista para que el choque fuera frontal.
La relación de niños está representada por quien en el presente es la hija. Por provocadoras que sean, no creo que sean graves las escenas en las que López Vázquez mira no tanto con lascivia sino con curiosidad morbosa a la niña. Lo que me parece grave es que sea una niña la que le evoca su primer noviazgo con su prima.
Hay un recuerdo en concreto que es una parada que hacen en el coche cuando los padres están llevando al niño al pueblo a inicios de verano de 1936. El niño tiene una pataleta en el coche y paran un carro antiquísimo en el arcén. La primera vez que le asalta este recuerdo lo vemos desde el arcén derecho. Pero volvemos a ver esta escena de nuevo cuando el protagonista está yéndose del pueblo. En esta ocasión la cámara está al otro lado de la carretera. Así se nos muestra que no son estrictamente analepsis, si no las visiones que el protagonista tiene.
La visión de la monja es propia de Buñuel. Y si hay que buscar una rima en el cine de Saura, nos acordamos de “Peppermint Frappé”, su película más buñuelesca. La monja tiene estigmas en las manos, un gusano le sale del corazón y un candado le atraviesa el labio. Lógicamente no es desagradable de ver, pero no es algo que esperarías ver en una película así.