- Dir.: Luis Buñuel
- 1967
- 100 min.
Una burguesa con fantasías masoquistas decide entrar a trabajar a un burdel. Uno de buena categoría. Pero en cualquier caso un lugar donde la gente como ella no suelen trabajar.
Es bonito ver cómo ella llega a ese lugar prácticamente a jugar. Como tal se escandaliza al llegar y encontrar lo que no se esperaba. Ese momento de realidad cuando ella intenta escapar de la habitación de su primer cliente y el trato que recibe de la madame es infinitamente más agresivo que el del señor. El peso del negocio es muy superior al del deseo sexual.
Hay algo muy potente en la madame. De forma habitual estos personajes son calculadores e inteligentes. En este caso tiene muy claro lo que es un cliente suyo. Ese trato al primer hombre calvo y gordo… Él ha ido al local a divertirse y ese es el trato que va a recibir. Cuidado, no hay un el cliente siempre tiene la razón. Se trata de hacérselo creer a él. Quiere satisfacción, ese momento con él creyéndose graciosísimo y las chicas riéndose con él. No lo hacen por cumplir, no lo hacen por educación: lo hacen como parte de su trabajo. Del mismo modo cuando decide abrir el champán.
La tragedia de la película se desencadena cuando un cliente se comporta como algo distinto a un cliente: cuando exige a la prostituta más atención que la que contrata. A ella le apetece, ella tiene una suerte de romance con él. Pero no es permisible que un cliente tenga un romance y de hecho la madame entiende a la perfección que Bella quiera irse del trabajo. Este personaje es desmesurado y me encanta. Su construcción no nos convence demasiado. Si tan acostumbrado está a la violencia, con dientes de oro, cicatrices… no nos creemos del todo su actitud con el tiroteo con la policía. En cualquier caso es una maravilla artificiosa. Esa mano siempre en el cinturón, abrigo largo y negro, mandíbula cuadrada, delgado, desafiante, caprichoso. Es una delicia verle en pantalla aunque su actuación no sea del todo correcta. Es sublime y puro cine su reacción al recibir su disparo mortal. Su cuerpo retorcido a niveles increíbles. No me interesa tanto el murciano compañero suyo.
La relación con el marido me interesa un poco menos. Hay una castidad que no nos interesa demasiado. De alguna manera es hacer a su marido como el hombre más especial del mundo. Es sumisa con todo hombre con el que se acuesta y con él es virginal. Pero ni siquiera es del todo cierto. Con el cliente que resulta ser un conocido suyo tampoco es capaz de acostarse… De hecho en sus fantasías ella desearía ser degradada por su marido. Esa escena en la que el marido y su conocido están hablando de los cuernos, que el último se llama redención. Y empiezan a cavar en el lodo y se lo lanzan a ella mientras la insultan.
Es atrevida en cuanto a fetiches. Es muy llamativo el hombre necrófilo e incestuoso. Se excita con Bella cuando finge ser su hija muerta. Hay que decir que aunque ella lo mire a él con curiosidad y la madame mire a sus clientes fetichistas con naturalidad la película los juzga duramente. Tiene el tono propio de la década de considerar las parafilias como algo degenerado y que humilla a los poderosos. Pocas veces se muestran los fetiches sin tanto artificio.
A la protagonista se la intuye una figura escultural. Nunca vemos un desnudo suyo frontal pero se explota el erotismo de su espalda y su pelo rubísimo espectacularmente. Es cierto que no brilla tanto como debiera por la clase de fotografía que Francia hace en estos años, colores apagados y tonos en general azulados. Esto da a la película una pesadez que su ritmo no sabe levantar.
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